En
mitad de la recia y polvorienta meseta castellana, en la villa de
Bullenos, vino al mundo Gonzalo. Nació en el arroyo, fruto de la
unión pecaminosa y nunca reconocida entre un soldado raso de la
guarnición local y una pobre demente que mendigaba a las puertas de
la parroquia de San Bartolomé. Su infancia no conoció más cuna que
una choza maltrecha a las afueras del pueblo, donde malvivía junto a
su madre gracias a las limosnas de los viajeros, la piedad de los
frailes y algún maravedí que su padre, más por cargo de conciencia
que por amor filial, les dejaba caer de vez en cuando de la soldada
que le pagaba el señor de aquellas tierras, el conde don Sancho de
Monfreire.

Apenas cumplidos los diez años, la guerra llamó a
las puertas del condado. Don Sancho, enzarzado en una cruenta disputa
con un noble enemigo, comenzó a reclutar a cualquier alma capaz de
sostener un hierro. Gonzalo abandonó la miseria de las calles para
entrar al servicio del castillo como mozo de cuadras. Fue allí donde
el destino le marcó la carne y el ánimo: un caballo desbocado le
propinó coz tan terrible que lo dejó inconsciente y al borde de la
muerte. Aquel trauma sembró en él un miedo cerval e incurable hacia
cualquier cuadrúpedo; desde entonces, el mero relincho de un rocín
le revuelve las tripas.
Impedido para la caballería, el muchacho sobrevivió
en la fortaleza sirviendo como aguadero, criado y esportillero, hasta
que los años lo convirtieron en un hombre... si es que a aquello se
le podía llamar hombre. Gonzalo creció rechoncho, bajito y con
un rostro de rasgos toscos y poco agraciados. Pero lo peor de su
estampa no era la fealdad, sino su higiene: desprendía un hedor
corporal tan fétido y soberano que las moscas lo cortejaban y
los hombres se santiguaban al verlo pasar... Para colmo, Gonzalo
jamás hacía el menor esfuerzo por lavarse, y sus ropas,
mugrientas y acartonadas, bien podían ser las mismas que vestía
el mes pasado o el año anterior.
Cuando su padre decidió tomarlo bajo su tutela,
intentó instruirlo junto a don Rodrigo (hijo de don Juan, capitán
del castillo) para que fuera escudero y aprendiera a manejar la lanza
y el escudo. El resultado fue un desastre. Su alarmante falta de
agilidad y su torpeza natural, sumadas a su inmundicia, le ganaron el
cruel y eterno mote de «El Puerco».
Cansado de recibir palos en el patio de armas y de
ser el hazmerreír de la tropa, Gonzalo suplicó a don Rodrigo que le
permitiera probar con las armas de proyectil. Fue una revelación.
Aquel cuerpo torpe y maloliente escondía una vista de águila,
aguda como ninguna otra en toda Castilla. Tanto su padre como don
Juan y el resto de la guarnición quedaron boquiabiertos al ver cómo
ponía el ojo allí donde ponía el dardo. Pronto trocó la lanza por
una pesada ballesta pesada, demostrando una destreza tan letal que
los mismos que se burlaban de él comenzaron a llamarle, con cierto
respeto, «El Halcón». Eso sí, el nuevo alias jamás logró
borrar el porcino apellido que su olor se había ganado a pulso.
A la edad de veintitrés años, la fortuna pareció
sonreírle. Gonzalo contrajo matrimonio con Juana, una de las criadas
encargadas de los menús de la fortaleza. Por primera vez, el
ballestero conoció algo parecido a la felicidad. Pero la dicha en el
medievo es tan efímera como el rocío: solo un año después, un
buhonero de lengua viperina y ropas coloridas encandiló a Juana, y
esta escapó con él, abandonando su trabajo y a su marido.
Hoy, a sus veinticuatro años, Gonzalo continúa
apostado en los adarves del castillo de Bullenos. Su mirada, fija en
los caminos de la meseta, busca sin descanso entre la bruma del
horizonte. Mientras limpia y tensa el arco de su ballesta, acaricia
los virotes con una promesa de sangre grabada en el alma: busca al
hideputa del buhonero que le robó a su esposa.
Porque a Gonzalo no le importa que le llamen «el
Halcón» por su prodigiosa vista, ni le quita el sueño que le mofen
como «el Puerco» por su pestilencia; pero tiene muy claro que,
mientras le quede un virote y un soplo de vida, no va a consentir que
ningún nacido de mujer le llame «el Buey» por andar
luciendo cuernos. Eso nunca.
Reino: Castilla
Pueblo: Castellano
Clase social: Campesino siervo.
Profesión: Soldado
Prof. Paterna: Soldado
Prof. Materna: Mendiga
Familia:
- 3 Hermanos (Primogénito)
- Espurio: Hijo de una concubina pero no reconocido por el padre.
- Está casado pero no sabe donde está su pareja. Sin hijos.
Características primarias:
FUE 15
AGI 15 (reducida a 13)
HAB 15
RES 17
PER 20
COM 15
CUL 5
Características secundarias:
Suerte: 40
Templanza: 60
RAC/IRR: 75/25
PV: 17
Aspecto: 10 (Mediocre)
Edad: 24
Altura y Peso: 1, 95 varas / 90 kg.
Competencias Primarias:
Ballestas 70%, Cabalgar 33%, Cuchillos 60%, Escudos 45%
Competencias secundarias:
Descubrir 65%, Conducir carro 15%, Esquivar 13%, Memoria (Paterna) 45%, Pelea 13%, Sanar 15%, Sigilo 13%, Tormento 45%
Rasgos de Carácter:
9: Tiene graves problemas de peso: aumenta su peso en 60 libras y reduce en -2 su Agilidad.
23: Debido a algún suceso traumático o a un accidente montando, lo cierto es que el personaje le tiene un miedo atroz a los caballos y al resto de cabalgaduras: no le gusta acercarse a ellos, pues los considera peligrosos, y en el caso extremo de que tuviera que montar alguno tendrá un -50% en su competencia de Cabalgar.
78: Es un tipo verdaderamente guarro, incluso para los patrones de la época: nunca se baña —al menos de forma voluntaria— ni se cambia de ropa, lo que conlleva un olor corporal capaz de levantar a un muerto. Cualquier tirada de competencia que implique cierto grado de relación del PJ con otra persona se ve modificada en -25%, como puede ser Seducción, Comerciar o Elocuencia
Éste y otros personajes Jugadores para Aquelarre
se recopilan en el apartado "Recursos para Aquelarre"