27 dic. 2016

Jacinto Altagracia (Aquelarre Villa y Corte)

Recuerde el alma dormida,Avive el seso y despierte,cómo se pasa la vida,cómo se viene la muerte...,... tan callando.

Aquestas palabras fueron, durante mucho tiempo, similares en tal que la Santa y Preclara dádiva de Dios era a los cristianos. Et que las pronunciara casi dos centurias atrás un hombre de honor y letras, mas que resonaban en la mia cabeza como el crepitar del fuego en los invernales Pirineos.

-"Hágale pasar..." -escuché sentado en aquel banco bien labrado a mi amigo mientras su criado venía a devolverme el recado. O al menos dábale yo por amigo, si es que en cuestiones de relación el sacar la espada a la mínima no hace permutar a las tales, incluso habiendo refriega, de constatación. Y es que no llegué nunca a los aceros con el señor Conde de Zamarindo, mas las pústulas entre ambos no distaban de ser poco semejantes a las de las ínfulas que dedicábanse en anonimato "poetastros" y "escriberos" de la Coronada, cuales ratas sedientas de galeras...

Que lo nuestro no era tan explícito, digo, como el verso de Quevedo o Góngora; que mas bien él tenía el título, mas yo los sus testículos (et también los de su amante) bien asidos y sin miramientos. Y dígoles que me mando llamar don Mateo-Juan Polo de Ossorio, conde de Zamarindo (allá por Burgos) y afincado en la Imperial y Coronada desde que contábase infante. ¿La razón?, se preguntarán sus Mercedes: hacer valer el cumplimiento de mi callada por su amancebamiento con otro hombre. Como lo oyen.
_______________________________________________________________________

La infancia:
 Mi vida empieza en Madrid, en el año de Nuestro Señor de 1638.

Mi padre, un herrero afincado en San Ginés, aprovechaba las reuniones de intelectuales, chismosos y pisaverdes en el mentidero (el más famoso de la Villa) para vender herraduras de caballos a los viajeros, tachuelas de diferentes tamaños para los carros de las nobles damas que íbanse a reir de los mendigos, y hasta afilaba las roperas y guardamanos de los que venían a acordárselo; et que mi madre logró trabajar un tiempo en palacio del conde de Guadalmedina, pero pronto la herrumbre acaecida durante unas semanas en las fuentes de San Ginés acabó llevándosela, al igual que a algunos otros.

Mas cuando en las Guerras de Nuestro Rey hacen falta muchos hombres, poco puede gastarse alguien en afilar espadas y vender mercancías de yerro, ya que, por una firma y unas monedas, te ofrecen una al ingresar en cualquier compañía o tercio de las Españas. Y que en tanto así, que tuve ganarme yo la vida para no sufrir la mala hambre y el gusano en el estómago: a los diez entré a servir en un "campo de pinos" como mandil, al servicio de una tipa esmirriada y febril. Así anduve unos años, cambiando de manceba a la que servir y entrando a cuidar, cuando era de quince, la entrada de un garito de juego.

Fue ahí que me encariñé con ciertos "agobios" de mal metal, aunque eso si, muy afilados. Pocas veces tuve problema con algún jugador, et de nadie tuve que dar cuenta, puesto que el dueño del madracho era un antiguo soldado de los tercios llamado don Calisto, y venido a menos (a una pierna menos), que pese a no poder andar más que con una muleta, bien podría hacer despellejar (de una manera u otra) si en deber quedábase algún pago de sus clientes... Mientras yo llevaba algo de dinero a casa, don Calisto me enseñaba (aún con una mano en la mata-amigos y la otra en la muleta), cómo había de defenderse cortésmente un hombre en justo (como primeras lecciones), y cómo habría de evitar que cualesquiera me endosase el acero al higadillo como subsiguiente precaución.

Juventud:
Cuando don Calisto murió y la licencia del garito expiró, entré a trabajar en una bodega que traían vino de Jaca. Del picado, cómo no. Tenía yo diez y ocho, y tomaba, recuerdo, constantemente la mula y el carro de mi nuevo dueño e íbame hasta la Plaza de la Paja, hasta la de San Salvador, o incluso a la Morería para comprar la mercancía y llevarla a la bodega. Sin embargo, poco tiempo duré allí, pues en uno de éstos transportes cayóseme el vino sobre un par de criados de Ramiro de Ostende, amigo de un secretario real, cuyas libreas eran recién nuevas de aquella mañana, y el bodeguero se me echó encima. Et que menos mal que yo era joven y aquel tipo orondo y grasiento, que por entonces habíame comprado un pequeño filo para cualesquier evento, y he de confesarles a las Sus Mercedes que no hice sino enpalmárselo bajo el sobaco. El metal debió llegársele al pulmón, y quizá tocar el corazón, pues en defensa (pueden o no creérmelo) que sólo quería asustarle con cierto corte, no puñada; pero complicósele, por lo visto, y lo quedé seco delante de los dos criados (cuyas libreas no sólo se bañaron en vino, sino en sangre).

Et que estuve unos días escondido en San Ginés, por el suceso. Et que sucedio que, en medio de los mentideros del barrio, salí a la calle tras una semana encerrado, para que el aire peinárame la mi poca barba en el mentón. Seguro no era, mas también quería cerciorarme por los rumores y chismes sobre si se andaba buscando al "matasiete" (según oí) que habíale hecho la Pascua a aquel tabernero. Y en pleno mentidero presentóseme una gran oportunidad de catársis: no era moral, sino era sólamente de distancia.

Un alférez y dos soldados se colocaron en una esquina y comenzaron a alistar gente para los tercios. Daba igual que fuéranse hasta el mismísimo centro del Sacro Imperio Germánico, mas sabía yo que había de huir, pues no encontraba salvación alguna en el constante escapismo. Y alistéme yo por cinco ducados, dando mi nombre verídico y exponiendo mis dotes aprendidas de don Calisto, tiempo atrás. Nada más alistarme, volví a mi casa, et que dos semanas estuve a las mismas, sin salir, y sin decirle el porqué a mi señor Padre. Claro que, pasado ese tiempo, debió intuir mi futura huida, pues comprendió que mi precipitado alistamiento en tercios no era sino fruto de algo malamente contante; et que claro, que relacionó la muerte del tabernero con mi trabajo en su negocio...

Madurez y Guerra:
Y en sabiendo que fui yo, marcheme a los tercios a Flandes, estando la guerra ya muy avanzada y casi perdida, y los soldados de Nuestro Gran Felipe desgastados, desproveídos y desmoralizados. Y en estando allí, contando yo con diez y nueve de edad, que fuimos, ya desde Flandes, mandados un poco más cerca de las Españas, hacia el sur: 15.000 hombres nos dirigimos a Dunkerke, en Francia, plaza española al mando del Marqués de Leyde amenazada por el ejército Francés de Luis XIII y soldados británicos. Íbamos a apoyar a los defensore españoles. Claro que, los espías franceses adviritieron de nuestra presencia, y antes de dejarnos entrar en la ciudad para apoyar la defensa, nos salieron al paso en batalla, al norte del país. Luchamos en las dunas de Leffrinckoucke. En dos horas, la mitad de los soldados murieron, y un tercio fueron hechos prisioneros. Dunkerke, al sur de nuestra derrota, fue tomada. Y muchos dicen que fue la batalla de las Dunas y no la de Rocroi la que marcó el fin de la supremacía de los tercios del Cuarto Felipe, Gran Señor de las Españas.

Et que he de decirles que logré escapar. ¿Cómo?, se preguntarán. Pues ahora lo verán...

Nada más que me hice, una vez hecho prisionero, por enfermo. Los barracones franceses improvisados en las dunas de Leffrinckoucke estaban cuajados de soldados españoles. Jamás entenderé si aquellos gabachos querían permutarnos por algun tipo de cambio, pero nos hacinaron allí con vida durante dos meses. Y todos preguntábanos el porqué no nos habían matado ya... Y todo fue que resultó que entre los prisioneros hallábase un hijo (no reconocido, pero aún así apreciado) del Íñigo Vélez de Guevara y Tasis, Conde de Oñate [ver al final*]. Ningún soldado sabía ésto, mas los franceses, por lo visto, sí.

Según supe después, su padre el Conde estaba en las últimas en su retiro mientras el hijo, que casualmente era un soldado de corazón sencillo y bien dispuesto a la batalla, luchaba por España. Yo solía hablar mucho con él entre trincheras (sin saber quién era realmente), e incluso fue el que me enseñó unos versos de Jorge Manrique, los cuáles solía repetir yo a la vez que disparaba el mosquete en el tercio o daba lanzada:

... cuán presto se va el placer -decían tales versos-,cómo, después de acordado,da dolor;cómo, a nuestro parecer,cualquiera tiempo pasado, fue mejor.

Debido a los contactos del Conde de Oñate durante su etapa de embajador por Europa, logró éste conocer la situación de su hijo y quiso sacarle del infierno francés. Et que como no se dió a conocer el primogénito en el hacinamiento, los franceses salvaron la vida a unos 2000 españoles (entre los que iba él, yo y otros tantos), y nos enviaron a París, a cambio de una buena suma de dineros por parte del Conde. La guerra había terminado para nosotros y para su Majestad Felipe de las Españas. Mejor no hablemos de las consecuencias, que sabémoslas todos.

El contacto con Zamarindo:
A los dos mil soldados nos llevaron a las afueras de París; mas, cuando el hijo de Íñigo Vélez dio a saber de su verdadera identidad (hasta entonces no sabíamos cuáles de aquellas centenas de soldados era el susodicho), le acompañamos unos cuantos a la embajada de Castilla en la ciudad, donde habíannos citado. Se trataba de un edificio impresionante en la plaza de los Vosgues, donde el Rey francés hacía a veces acto de presencia por sus jardines. Los dos mil soldados fueron enviados a las Españas, mientras que unos pocos quedamos con Miguel (que así llamábase el bastardo). Luis Samaniego, el embajador de Felipe en Paris, recibió con alegría al bastardo, diciéndole de puño y letra del notario de su padre la puesta al día sobre el estado de éste. Por lo visto, el conde requería de la su presencia (pese a no reconocido) debido a su mal estado y antes de una posible defunción (inescrutables son los caminos de Dios, que hasta lo más poderosos acaban teniendo remordimientos filiales o familiares de algún tipo...).

Una vez se hubo marchado Miguel a las nuestras Españas, pareciera que jamás íba yo a volver a mi Coronada (primero los soldados, y ahora el hijo del de Oñate, mas no aun un servidor), et que no andaba seguro yo de querer regresar (no sé si sus Mercedes recuerdan porqué...). Et que estando alli aún en la embajada y a punto de regresar, que irrumpió una comitiva ante Samaniego, la cual venía sin citación ni había sido servido correo previo de aviso... Por lo que pude oir, un tal y de apellido Polo de Ossorio hacía acto de presencia en la plaza de Vosgues. Por lo visto era Conde español (la cosa iba de rangos), del condado de Zamarindo, y según un becario de la embajada con el que a veces hablábamos, que pidió auxilio al embajador, pues durante la toma extranjera de la plaza de Dunkerke (a la que los tercios de don Felipe no logramos llegar) había logrado escapar con unos leales suyos. Y lo más factible para volver seguro a las Españas no era sino recibir consejo y protección de la embajada. Et entonces que se pueden imaginar lo que ocurrió cuando dos quieren una misma cosa y no pueden hacer obrar sin el otro para conseguirlo.

Et que así, el Conde de Zamarindo, de nombre Mateo-Juan (como ya digo, Polo de Ossorio) inquirió en nos (a mi y a otro par de soldados de los tercios) para que nos uniéramos en el camino de vuelta, pues él mismo había escapado con tan solo otros dos hombres, ambos italianos: uno de ellos poeta culteranista muy acicalado (Gian Battista Marino decíase) y un italiano vendido como mercenario para la protección del de Zamarindo en su viaje a Dunkeske:, un tal Da Montone (Bérrimo o Braccio, si mal no recuerdo...). El caso es que los seis pusimos rumbo a las Españas con pase militar de camino seguro. Ningún ejército podría detenernos más que para darnos vía libre.

París, Touraine, Poitou y finalmente la ciudad de Burdeos... Allí tomamos un navío holandés de comercio, que hizo escala en la Bretaña Francesa una vez tomado el Atlántico y finalmente arribamos en la costa gallega... Llegábamos entonces a los dominios de Nuestro Señor Rey. Recuerdo que el tal Da Montone fue pagado por los caudales propios del de Zamarindo (seguramente el trato era "pago tras pisar costa española"), y no volvimos a verle. Una lástima. Me contó durante el viaje nosequé de ciertas joyas que bien más valían que todo un arcón lleno de cobres. En fin.

Et que fuera como fuese, a los diez días llegamos a Burgos, y luego al condado de Zamarinda (hogar de don Mateo-Juan), donde anduve agasajado ya en el palacio que ostentaba con ciertos pagos por la protección (de la que poco o ningún esfuerzo habíamos puesto, por fortuna).

La callada:
¿Et que saben vuesas Mercedes, entonces, porqué dije al comienzo de aquesta historia que tenía bien agarrado por la "contienda" al de Zamarindo? Pues verán:

Que el poeta culteranista, ese Gian Battista, no dejó al Conde ni un momento a solas durante el viaje, et que claro, una vez en su casa, fue agasajado y agradecido al igual que yo. No era capaz el mi entendimiento de discernir su papel en el viaje, en Dunkerke, en tierra extranjera y además hostil (pues el italiano no manejaba arma filosa, digo filosa, alguna, et tampoco de "polvorera"). Creo yo que incluso acabó aprendiendo, por los consejos que yo le dí desde la costa gallega hasta Zamarindo, cómo montar bien un caballo (buena cosa que yo mesmo aprendí en Flandes). Oséase, que sus Mercedes no hacen ofensa si piensan que aquel tipo era inútil en cuestiones más allá de coincidir rimas y cavilar bien los versos...

Que en teniendo que volver don Mateo-Juan a la Villa por cuestiones nobiliares (con el cual íbamos a ir) que encontré la noche antes de la partida a los dos hombres, poeta y conde, retozando en la su alcoba... Ésto ocurrio de mala infortunia, ultimando yo en la nocturna las últimas cosas. Que fuíle a precisar a don Mateo-Juan la pospuesta de la partida a la Villa un par de días, pues una gripe en las cuadras pareció acometer a las monturas durante esa tarde. El poeta hablaba en italiano (un italiano muy elocuente) mientras que mejor no decille a Vuacedes qué pronunciaba el señor de Zamarindo...

No aguardamos durante dos días, sino durante siete; el Conde, según decían las doncellas de su casa-palacio, andaba cansado y algo enfermo, por lo que de aquesta guisa seguía encerrado en su alcoba. Gian Battista salió escopetado de allí tres días después del encuentro, en cabalgada. No volví a saber de él. Ciertamente, sospechaba que el señor Conde no estaba enfermo, sino avergonzado y a la vez fuera de sí. Durante esas noches en palacio, esperando a que se decidiera a mostrarme la cara, dormí con mi espada bajo las sábanas, pues en todo momento pensé que sus guardias echaríanme guante y palmada encima, acallándome la boca con vizcaína o metiéndome bala en boca de jarro... Sin embargo, al séptimo día hizo preparar todo a sus criados: caballos, carro y provisiones. Tardamos en llegar a la Villa unos doce días.

Una vez allí, en habíendose marchado los dos soldados de Flandes que nos acompañaron, hablé en privado, ya en su residencia de la Imperial, con don Mateo-Juan. Dile mi opción de callada sin él pedirmelo primero. ¿Pueden creerse qué es la vida, mis queridas Mercedes, que en habiendo pasado penurias en Flandes y Francia bien que podría yo enriquecerme de tal hecho y no lo hice? Cualesquier otro picaro hubiera acordado suma de créditos y en grande medida por no airear en los mentideros el escabroso desaguisado (y créanme vuecencias que conociendo que el de Zamarindo no tenía esposa ni hijos, bien podría ser tomado en verdad "de la primera"...). Tras agradecermelo, me cumplió el pago íntegro por la vuelta desde París, y yo regresé a don Gines, lugar en el que nací.

El ultraje:
Las Gradas de San Felipe no habían cambiado después de la guerra. Reconocía incluso a niños que en su juventud miraban con asombro a los caballeros del mentidero, mientras que siendo ya falaces veteranos desdeñaban con indiferencia a los chavales. Mi padre había muerto a mi llegada, y su herrería y casa habían sido expropiadas por abandono post-morten. Dar gracias he de darlas, ya que pude hacer valederos mis años en el extranjero, que en una de las comisiones de soldados de veteranos de la Almudena diéronme las propiedades a mi nombre. La herreria pude ponerla en marcha con un muchacho contratado de oficio, sacándole los palos y arreglando la fragua con el dinero del viaje con el Conde de Zamarindo; y mi casa volvió a ser mi casa, en San Ginés, en el lugar más concurrido de Madrid. Sin embargo, a la edad de veinticuatro, cuando comenzaba a ganar algunos dineros con el negocio de mi santo padre, que irrumpieron en mi casa tres alguaciles. No dignáronse a llamar, sólo "invitáronme" a vestir y poco más. Mas ésto no fue lo único: que destrozaron la mi casa por dentro, primero, y luego la herrería de mi padre (azotando además al muchacho al que pagaba). Et que ya creía yo que habíanse dado cuenta del error que cometí antaño con el viejo tabernero al que acabé desangrando, y que me llevarían a la cárcel.

Tras registrarme a conciencia y no poder ni guardiar un pequeño puñal, me condujeron a la Plaza de San Salvador, a la Casa y Cárcel de la Plaza de la Villa. Recorrí yo la calle Mayor cual delincuente, mientras veía en ese trayecto hasta dos hurtos pronunciados y una impunidad pasmosa por parte de mis captores. Et que en estando ya en el ala este, el cuartelillo de "mangasverdes", que así solían llamarlos, se me dispuso delante, en el patio interior, el mismísimo conde de Zamarindo, como cuando van a ajusticiar a alguien. Mi sorpresa fue que don Mateo-Juan, por influencia de la mano de la justicia y no fiándose demasiado de que cierto secreto iba a ser seguro en mi lengua, quiso hacerme entrar el miedo y el aviso en mi cuerpo, todo ello por la fuerza. Decía que había ciertos rumores que relacionábanles amorosamente con ciertos hombres en la Villa (y aquesto no era nuevo, sino que desde que rehice la herrería ya había escuchado yo sólamente en don Ginés que sus encuentros con otros masculinos no eran ni uno, ni dos, ni tres...).

Creyó, el de Zamarindo, que un servidor habíase ido de la lengua (cosa incierta), y entonces, tras saber que toda la irrupción en mi casa fue parte de su fruto, que ya no quise ser tan benevolente con él, y habléle a las claras allí mesmo, en el patio del cuartelillo de la Casa y Cárcel.

-Ha de saber vuestra Merced, señor Conde de Zamarindo -le dije-, y con todo el respeto que merece a un servidor, que no tiene potestad sobre mi vida o mi muerte.
-¿¿Quién lo dice?? -preguntó indignado y con la cara desencajada-.
-Uno que puede -respondí-. Que si yo muero, la verdad sobre ciertos hechos pueden desencadenarse como torrente. Et bien sabe vos, como conocedor de grandes hombres de letras aquí afincados, que los anónimos corren de bodega en bodega y de corrillo en corrillo por Madrid; y éstos, pese a no firmados, son tomados por verdad hasta por nuestro Señor Rey el Gran Felipe, sobre todo si son afrentas a su imágen. Ensárteme con lanza, Conde, córteme con florada o dispáreme con pólvora, y la tinta y la pluma se convertirá en su vergüenza y sambenito desde la Almudena hasta San Martín... Y ahora, déjeme marchar.

Mentí. "Como un bellaco", dirán algunos. Más bien como un indignado, cierto es.

A Dios gracias doy de que supe reaccionar a tiempo, quizá por el enojo de guardar aquel secreto celosamente un tiempo y ser acusado de airearlo, y todo sin tener necesidad de ello. El Conde, indignado, hizo un gesto para que los alguaciles se apartaran et fuime yo, no sin recordarle que pronto tendría noticias mías.

* * *
Actualidad:
Es entonces que nos remitimos al comienzo de esta narración. Et que por eso mesmo decía que tenía bien asidas del Conde de Zamarindo las sus nobles partes (quizá éstas más nobles que su maldita estampa), puesto que tras esperar en aquel banco y hacerme pasar su criado, púsele las cosas claras.

-No quiero sus malparidos cobres por la callada -atrevíme-; por suerte, la herrería de mi padre puede ser reconstruida, pero no es, a fin de cuentas un buen negocio para sacar lustre... Ahora que veo que tiene, ¿cómo decirlo?, buena mano en el cuerpo de alguaciles de la Villa, lo que hará su Merced para hacerme olvidar al poetastro culterano será lo siguiente: darme espada de corchete, con su traje y botas; et también un buen puesto desde abajo como tal, no siendo yo sino prudente al pedirlo, en la plaza de San Salvador... No es oficio más honrado que la vieja herrería de mi padre -finalicé antes de irme-, pero al menos me cruzaré con Vuaced cuando camine por las calles de don Felipe, y sabrá porqué no ha vos de volver a intimidarme; ni tan siquiera a pensarlo.

Antes de irme, recordé los versos que Miguel, el bastardo del Conde de Oñate, me hizo aprender tras tanto repetirlos allá en Flandes, y se los dediqué a don Mateo-Juan, antes de desaparecer de su palacio:
Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durarlo que espera,
más que duró lo que vio
porque todo ha de pasarpor tal manera.
________________________________________________________

Conde de Oñate:
Iñigo Vélez de Guevara y Tasis. Embajador en Saboya, Viena y Roma, Virrey en Nápoles y luego, ya en la Corte, Correo Mayor y Presidente del Consejo de las Ordenes. En 1643 dejó la vida pública y se retiró al convento de los padres cartujos de San Martín, donde murió en 1658. [Nota sacada del suplemento Villa y Corte].

1 Reino y Pueblo: Castilla. Castellano
2 Posición Social: Villano
3 Profesión: Alguacil
4 Profesión Paterna: Herrero (Artesano)
5 Situación Familiar: Sin familia

6 Características Primarias:
-FUE: 10-AGI: 20-HAB: 20-RES: 15-PER: 20-COM: 5-CUL: 10

7 Características Secundarias:
Suerte: 35
RAC/IRR: 75/25
Puntos de Vida: 15/15
Aspecto: 15
Edad: 26
Altura y Peso: 1,77v | 146L.

8 Competencias:
Primarias (x3):
Conoc. del Área (CUL): + 25DJ: 55%
Correr (AGI): 60%
Escuchar (PER): 60%
Espadas (HAB): + 25Org: 85%

Secundarias (x1):
Descubrir (PER): 20 + 20 + 25P: 65%
Empatía (PER): 20 + 25Org: 45%
Esquivar (AGI): 20 + 30: 50%
Mando (COM)-Rastrear (PER)
Sigilo (AGI)
Tormento (HAB): 20 + 30: 50%
Pistola (HAB): 20 + 20: 40%

Paternas (25p):
Descubrir (PER): 25P

9 Dinero Inicial: 80 x5 de inicio: 400 maravedies /2 por "Pobre": 200 Mv.
10 Hechizos y Rituales de fe: Nada
11 Orgullos y Vergüenzas
Orgullos:- (2) Adiestrado en Combate: +25% a Espadas- (1) Comprensivo: +25 Empatía
Vergüenzas:- (2) Delicado: Tiradas para evitar perder conocimiento o resistir dolor se hacen con RES-5- (1) Pobre: Dinero Inicial reducido a la mitad

No hay comentarios:

Publicar un comentario