7 ene. 2013

Phar-al-Groth (I de V)

-Venga tío, háblame, diantres... Por mucho que calles no se te van a soltar los grilletes eléctricos... -y elevó sus manos como pudo, enseñándome los suyos, que aprisionaban sus muñecas, igual que las mías-.

Miré al tipo, un quendundiano; viscoso, amarillento..., palúdico terciano, seguramente. Su sola presencia me producía un asco natural, irremediable. Además, le faltaba un brazo (sólo le quedaba tres), y me había estado narrando acerca de sus viajes interestelares a bordo de los cazas Munghen, lo mejorcito de esta galaxia..., ¡maldito patán! ¡No me interesaban sus historias! ¡Si hubiera tenido un blaster en mi mano le hubiera reventado ese cerebro famélico, imperioso y poco aventurado, propio de su especie! ¡Si hacía un siglo que aún eran nuestras cobayas, sin lengua definida más que aullidos desesperantes, y ya habían aprendido a decir “joder” tras cada frase!

-Olvídame, escoria... -respondí-. Cuando acabe este viaje nos matarán. No hay más. Trágate tu lengua o...

-Venga, tío, ¡no seas así! -me interrumpió de improviso y sus gafas se movieron cuando ladeó la cabeza para afianzar su reiteración; era un tipo bastante inquieto y desagradable-, yo te conté cómo me lo monté a bordo de esa nave, ¡joder!, y cómo llegué a Napacatl con ese par de cuerpos... Mmmm... ¡y qué cuerpos! -se refería a dos prostitutas de aquel planeta-; ¡Venga!, cuéntame de dónde vienes, y porqué tienes, ejem..., bueno, esa cicatriz en el cuello..., ¿a tí también rozó algún disparo de bláster? -minutos antes había descrito a la perfección (aún siendo una tremenda falacia) cómo a él le habían alcanzado no uno, sino dos disparos de láser...-, y cómo conseguiste el... ¡ah!, por cierto...: aún no me has dicho tu nombre.

-Ni lo haré, “Escoria” -decidí que ese sería su nombre en ese trayecto, el último para ambos, pues era la única palabra que le definía a la perfección-.

El tipo no insistió más en su ávida necesidad de saber. Tan sólo se limitaba a mirarme de reojo, comenzar a articular alguna palabra y cancelar su intento, anticipándose a la negativa de mi respuesta. Además, cogía aire profundamente y lo expulsaba, como queriendo hacerse notar y así expresar el aburrimiento hasta el final del viaje. Al menos el tipo quería pasarlo bien antes de morir.

Minutos después, me di por vencido, le miré, y, negando en mi interior, decidí darle el placer a Escoria, pues comprendí que al menos podría hacer algo importante por alguien antes de morir, ofreciéndole una buena historia que contar. Si: le hablaría de mí.

-Veamos... -dije rompiendo el tenso silencio que invadía aquel tenue almacén de la nave-, ¿Por dónde empezar? Desde luego no dará tiempo a contarte todo, seguramente... necesitaríamos diez viajes como este para ello, pero en fin...

Escoria creo que fue el único ser que supo de mi vida, al menos después de llegar a la casa de Bunsen, ese famoso cazarrecompensas.

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